3 de agosto de 2012

¡A desaprender, a desaprender!

Curioso karma el pertenecer a un mundo donde se nace Hamlet, se vive Sísifo y se termina Segismundo. Y complejo destino el mantener tensado y sin cortar el cordón umbilical de la nostalgia del país/paraíso al que se arribó (y el que se perdió). No es cosa ahora -ya pasó demasiado tiempo desde el Génesis- de ponerse a llorar. Fue así que cayeron los dados de la Historia y nos tocó el destino zig zag que nos tocó. Ni chino con Confucio. Ni en la Atenas matriz. Ni en la Florencia del 1500. Apenas la tardía chance de arribar frágiles y dispersos en los albores del 1800 para ver de darle de allí pa'lante como fuese. Y novatos que aún somos, es lógico que el siglo XXI nos encuentre todavía mareados, sin ritmo ni compás. 

No somos los únicos. Tampoco ve luz en su túnel el caleidoscopio originario europeo. La cantidad les recortó la calidad. Y la avaricia por el arcón les equivocó la visión. Les sucedió lo que al hombre del faro que mucho ve y poco mira. El registro "larga duración" de Occidente no resulta suficiente para dar seguridad alguna a sus habitantes. Y menos a quienes, con edad estirada con brujerías farmacéuticas, deambulan sonámbulos por una demografía alborotada. Y no saben que hacer con su tiempo. Muchos de estos animales provectos vegetan de plaza en plaza buscando compañeros para el juego de las bochas, un modo más calmo de asumir su adiós al mundo que la de abocarse a descrifrar cómo influye el capricho de los dioses en uno y en el país de uno.

En la valoración de las edades hay de todo. "Cuando se es joven se es joven toda la vida" se defendía Picasso". O "Yo soy de todas las edades" apuntaba Ezra Pòund. Y al final del ciclo surge el piadoso piropo de considerar "maestro" a todo anciano que ande rumiando en las cercanías. A mi, esta engañifa no me va. Primero, porque nunca fui animoso alumno de nada. Y segundo, porque la vocación que más me atrae es la de vivir como "ignorante in progress". Postura que suma un plus extra a mi durabilidad. Para que quede claro. Como alumno de la vida prefiero "irme a marzo" antes que ser un "traga" más de las toneladas de información fraguada y banal con que nos atosigan. Un abanderado, en suma, del desaprender perpetuo.

Esta manía me llenó de vacíos (es "loco" decirlo así, pero así brotó) y fue ampliando año tras año mi profesional idiotez. No en su acepción primera (enfermo), ni segunda (engreído), ni tercera (tonto), sino como un perfecto ejemplar de la cuarta acepción de "idiota". Esto es, "aquel que carece de instrucción". Me resistí de chico y preferí mis propios bandazos. No es broma. Soy el perfecto revés del dicho latino. En mi caso "todo lo humano me es extraño". Me atrae lo que ignoro porque me asombra. Porque me ofrece la oportunidad se seguir en éxtasis o en ascuas, y no colonizado por la educación canónica y la golosa estupidez de los bolos publicitarios. Por lo demás, no conduzco automóviles ni motos ni bicicletas. De las máquinas sólo se manejar la de afeitar y la de escribir. Y hasta llega a molestarme que a un 2 más otro 2 les esté impedido ser 5. Y ni mencionar mis actuaciónes olímpicas al tener que abordar las siempre complejas obviedades de lo práctico. Cambiarle el cuerito a una canilla puede demandarme un verano. Tal mi perfil. Tan "lento" que todavía hoy la disyuntiva infantil "¿De qué color es el caballo blanco de San Martín?" me enfrenta a un aprieto inicial y a un parate de algunos segundos.

Esta rebeldía ante las instrucciones dadas llega a ser peligrosa hasta en lo doméstico (ámbito que en mi infancia no requería "instrucción" para ser habitado). Días atrás olvidé una cuchara de metal al poner a calentar una taza de cereales con leche en el microondas. Fue peligrosísimo; no hubo registro de víctimas pues en la Zona Tecnológica de la Cocina 2012 no se encontraba persona alguna. Se me podrá criticar diciendo que mi neurosis no tiene relación con "instrucción" alguna y sí con torpeza y descuido. No me convence. De hecho, es lo que más me dicen. Y fue justo en una de esas ocasiones que reparé en lo que considero es una pista que deberé investigar. Sentí que en alguna zona de la "amígdala" de mi cerebro, una miríada de genes descorría un velo, mostrándome lo bello que era el hábitat humano antes de que los Dioses Tecnos impusieran el rocambolesco estilo actual. Y de allí surgió mi porfiada hipótesis sobre qué fue lo que obligó a la especie a "instruirse" para lo que hoy ya casi es: 7 mil millones de amebas en tubos de ensayo para un experimento que depende del capricho que le brote al Instructor que más plata ofrezca por él. Esto es, por nosotros. Yo incluido, claro.

Por Esteban Peicovich, para Perfil.com

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