17 de agosto de 2014

Homenaje al Libertador Gral. don José de San Martín a 164 años de su fallecimiento

Por el Dr. Mateo Grimaldi

Monumento en Plaza San Martín
Recordar el legado del Libertador Gral. José de San Martín es una costumbre que tenemos los argentinos, que tiene su punto culminante los días 17 de agosto de cada año. Y digo punto culminante porque su figura nos acompaña –tal vez impercetiblemente- mucho más de lo que solemos advertir. En efecto, tenemos a San Martín siempre cercano: en la manipulación de los billetes de la moneda nacional (curiosamente de un reducido valor nominal y real de tan solo $5), en la designación de calles, avenidas, plazas y monumentos que frecuentemente transitamos, y en el brumoso recuerdo de nuestros años de la escuela primaria, donde su imagen de Padre de la Patria nos era transmitida por el cuerpo docente en la forma más variada: cuadros, afiches, dibujos, bustos, estampillas, canciones, clases alusivas, discursos, actos conmemorativos, y un sinnúmero de versiones que, con el tiempo, nos dimos cuenta que tenían una finalidad.

Esta presencia constante en el trajín diario no la podemos apreciar en su totalidad dado el frenético ritmo de nuestra vida urbana, rebosante de prisa, ansiedad e insatisfacción, pero que encuentra, en un día feriado como hoy, una pausa propicia para una breve reflexión. ¿Está hipertrofiada la figura de San Martín? ¿Es correcta su caracterización como Héroe Nacional?

Por de pronto, podríamos descartar la versión insinuada en su himno de haber recorrido un derrotero rectilíneo, despejado y siempre ascendente, cuando dice: “De la tierra del Plata a Mendoza / de Santiago a la Lima gentil / fue sembrando en la ruta laureles / a su paso triunfal San Martín” ¿Por qué? Porque Cancha Rayada existió, porque la peligrosidad y dureza del enclave realista en Talcahuano existió, y porque la reticencia de los poderes públicos a seguir sufragando la campaña libertadora hacia Perú, también existió.

El reconocimiento a su talento fue escaso o casi nulo, y las diatribas lo acosaron. No por nada, se confesó con bastante pesar a Tomás Guido en estos términos: “¿Cree Ud. que tan fácilmente se haya borrado de mi memoria los horrorosos títulos de ladrón y ambicioso que tan gratuitamente me han favorecido los pueblos que hemos libertado?... confesemos que es necesario tener toda la filosofía de un Séneca, o la imprudencia de un malvado para ser indiferente a la calumnia…” Es interesante destacar que habla en plural de “… los pueblos que hemos libertado…”, con obvia alusión a los localismo de Chile y Perú, y no solamente los intereses económicos que lucraban con el puerto y la Aduana de Buenos Aires, y que les era demasiado costoso tributar al incipiente Estado en formación, para que pudiera aportar del Tesoro los fondos para las campañas en Perú, área muy alejada de sus negocios.

Y aquí aparece una de sus tantas virtudes: soportar estoicamente y en silencio los agravios de sus contemporáneos, confiando en el juicio imparcial de la posteridad. El polémico y sagaz Sarmiento lo percibió claramente en su encuentro personal con el Libertador. Dijo el sanjuanino: “Hay en el corazón de este hombre, una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas, pero que no se escapa de los que lo escudriñan.”

No es casual que esta afirmación fuera emitida cerca ya de la mitad del siglo XIX, cuando ya asomaba el impulso a la unificación nacional. A partir de allí aparecen muchas narraciones biográficas del Gral. San Martín, que ven representado en él, el afán de superar las luchas intestinas, y cristalizar el proyecto unificador. ¡Quién más idóneo que él para guiar con su ejemplo de vida ese proyecto! Tampoco es casual que la repatriación de sus restos aconteciera en 1880, año en que, con la superación de los conflictos interprovinciales, se produjera la consolidación del Estado Nacional.

Quiere decir que en el transcurso de las 3 décadas posteriores a su fallecimiento (y no antes) San Martín emerge como emblema de la disolución de los antagonismos internos, dada su obstinada negativa a participar en los conflictos civiles de la 1° mitad del siglo XIX. Así adquiere “post-mortem”, el carácter de artífice máximo del sentimiento de argentinidad naciente, no obstante haber tenido una clara visión continental de la lucha emancipadora, en conjunción con los nuevos Estados americanos emergentes.

Más adelante, y ya comenzado el siglo XX, orientaciones ideológicas y políticas del momento hicieron que la imagen de San Martín se compactara, se espesara hasta casi petrificarse, dándole un carácter “sacro”, y presentándolo como un oráculo generador de respuestas graves, solemnes e infalibles, que inhabilitaban de por sí cualquier atisbo de evaluación crítica de su desempeño. Era tal la altura de sus estatuas, tal el frío de los materiales que las componían, que, en muchos argentinos se fue desdibujando su condición de semejante.

Entonces, volviendo a la pregunta inicial ¿es correcta su caracterización como Héroe Nacional? Creo que sí. Pero como Héroe surgido del ADN del “homo sapiens”, ADN que compartimos todos, pero que en muy pocos casos suele generar personalidades como la suya.

Combinar la calidad de su campaña militar emancipadora, con las enfermedades que lo afectaban (úlcera gastroduodenal, cataratas, fiebre tifoidea, reuma, asma) no es para cualquiera. Tener una escala de valores donde la libertad tiene su prioridad máxima, y no sólo declamarla, sino cumplirla, no es atributo del dirigente político común. Optar por el destierro voluntario para evitar involucrarse en las luchas internas, y mantenerlo aún cuando estaba a punto de desembarcar en un esperanzado viaje de regreso, tampoco. Soportar las injurias, diatribas y difamaciones, y su consecuente impacto de amargura, decepción y agobio en su persona, expresa la entereza de sus convicciones.

Y en lo que respecta a la eterna polémica de algunos historiadores en la evaluación documental de su afiliación masónica, quiero destacar un contenido que surge de la misma pluma del libertador. Algunas de las Máximas dedicadas a su hija Mercedes son familiares en la Masonería, muy familiares…, pero pueden ser objeto de discusión por ser genéricas y poder estar compartidas por otras asociaciones: Por ejemplo: Amor a la Patria y a la Libertad, Amor a la verdad y odio a la mentira. Pero ¿qué hay de los siguientes? Indulgencia hacia todas las religiones. Hablar poco y lo preciso. Acostumbrarse a guardar un secreto. ¿No forman parte acaso del código ético básico y explícito de este colectivo cuya dimensión temporal cubre ya varios siglos, y cuya dimensión espacial se expande a todos los confines del mundo?

Por ello hoy, en nuestro carácter de hombres libres guiados por sincera convicción, rendimos digno homenaje al Libertador General don José de San Martín en su condición de Héroe Nacional, idóneo convocante a un consenso de objetivos básicos comunes a todos los argentinos y factibles de realización, donde el disenso pueda solamente ser interpretado como práctica legítima de la libertad de expresión, y donde la unidad pueda convivir con la diversidad.

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