La existencia de instituciones estatales que tienen autoridad legal y están fácticamente dispuestas y capacitadas para emprender acciones que van desde el control rutinario hasta sanciones penales o incluso impeachment, en relación con actos u omisiones de otros agentes o instituciones del estado que pueden, en principio o presuntamente, ser calificados como ilícitos.
22 de octubre de 2012
El 8N como bisagra en la construcción de ciudadanía
14 de enero de 2012
La idea del poder absoluto
"Cuando decidimos restaurar la original entrada de la Casa de Gobierno, la Casa Rosada... ustedes no saben lo que era esto, un sucucho, covacha, horrendo... decidimos los colores, con qué colores recibimos a los que vienen a nuestro país, con los colores de Argentina, por eso el celeste y blanco. Este celeste, habían pintado un celeste... ¿dónde están las arquitectas, las chicas? Ahí están. Habían pintado un celeste lavandina que era horrendo. Les dije esto es lavandina, no es celeste, yo quiero otro celeste, este celeste de la bandera, que finalmente fue logrado. Entonces digo ¿con qué los recibimos? Ya teníamos el Salón de los Científicos, el de la Mujeres, el de los Patriotas latinoamericanos, el de los Escritores y Pensadores, faltaban nuestros pintores y dije Pintores y Pinturas de la Argentina, y agregar a las pinturas marcos para que parecieran cuadros... eso se me ocurrió de los leds ... y la idea era hacer una filmación con todos los principales paisajes de la República Argentina. Ustedes habrán visto en algún momento, cuando se detenía la imagen, ahí viene, miren ahí, ese cuadro que está ahí al lado, fíjense sino parece una pintura muy parecida a esa que está ahí; porque los pintores terminan siempre de algún modo reflejando lo que ven, como los actores a la sociedad que viven y palpitan. Yo siempre digo que el arte está íntimamente vinculado con lo que nos rodea y si no, no es arte, podrá ser algún ejercicio personal de alguien pero tiene que estar directamente vinculado".
10 de noviembre de 2010
Basta de Mentiras VII.
Según un informe de Greenpeace, son 144 millones previstos por ley y reasignados.
Mientras en el Congreso nacional se discute el futuro del presupuesto 2011, Clarín accedió en exclusiva a un informe de Greenpeace Argentina, que asegura que parte de los fondos millonarios que debían ser destinados para la aplicación de la Ley de Bosques fueron destinados al “Fútbol para Todos”.
En 2007, el Congreso sancionó la Ley 26.331 de “Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos”, que estableció la suspensión de nuevos permisos de desmontes hasta que cada provincia realice el ordenamiento territorial de sus bosques. La semana pasada, Clarín adelantó que los gobernadores de Salta, Santa Fe y Tierra del Fuego le solicitaron a la Cámara de Diputados que el Presupuesto Nacional 2011 incluyera la totalidad de los fondos contemplados en la Ley de Bosques, ya que la partida prevista se reducía sólo al 27% de lo que establece la ley.
El reclamo no es nuevo. En octubre de este año, el Consejo Federal de Medio Ambiente, exigió su cumplimiento. En su artículo 31, la ley establece que las partidas presupuestarias que le sean asignadas “no podrán ser inferiores al 0,3% del presupuesto nacional”. Pese a lo que indica la ley, para el 2010, el Estado Nacional estableció un tope máximo de 300 millones de pesos. En realidad, no debía ser menor a los 821 millones. Para el 2011, el Gobierno Nacional repitió esa fórmula. Dos dictámenes presentados por bloques de la oposición, asignan entre $1.119 millones y $1.820 millones para la conformación del fondo. Todavía no hubo respuesta. El 70% de ese fondo tiene como objetivo compensar a los propietarios de bosques que realicen tareas de conservación y manejo sostenible. El resto tiene que ser destinado a fortalecer la capacidad técnica y de control de las provincias.
De acuerdo al informe de Greenpeace, el 11 de febrero de 2010, mediante la decisión administrativa 41/2010 de la Jefatura de Gabinete de Ministros y “en virtud del contrato celebrado entre la Jefatura de Gabinete de Ministros y la Asociación del Fútbol Argentino”, el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, concretó una reasignación de partidas por $ 144.209.091 pesos que correspondían a los 300 millones asignados a la Ley de Protección de Bosques.
“La sanción de la Ley de Bosques fue decisiva para detener la devastación de los últimos bosques nativos de nuestro país. Sin embargo, la reasignación de los fondos para otros fines demuestra la ausencia de una política ambiental seria en defensa de los bosques nativos”, aseguró a Clarín Hernán Giardini, coordinador de la Campaña de Bosques de Greenpeace.
“Es una vergüenza que el Estado sea el primero en incumplir la ley, lo que demuestra que su preocupación por proteger los bosques es meramente declamativa y que no se corresponde con acciones de gobierno concretas”, agregó. Con respecto al Presupuesto 2011, Giardini fue claro: “Esperamos que tanto en las negociaciones entre los bloques así como en el recinto se considere la introducción de la totalidad del fondo, cumpliendo lo que establece la Ley de Bosques”.
La pelota sigue girando. Y por ahora, los bosques, siguen esperando.
Fuente: Juan Cruz Sanz para Clarin.com
23 de noviembre de 2009
Daniel Scioli, veleta: se arrepintió de su candidatura testimonial.
"No digo que no fue un error", dijo el bonaerense. Sus críticas y la justificación que le encontró a su postulación.
Daniel Scioli y Sergio Massa, dos testimoniales que fueron como candidatos a diputado y no asumirán en diciembre. | Foto: Télam
"Tendremos que corregir los errores que se cometieron, que cometemos y vamos a cometer", indicó el mandatario, quien afirmó que "la gente tiene razón, y si la gente votó como votó, acá hay un mensaje. Hay que interpretarlo y hay que actuar".
¿Se arrepiente de haber sido candidato testimonial?, le preguntaron a Scioli en radio Mitre a lo que el ex motonauta respondió con una doble negación: "No digo que no fue un error". En ese sentido, sostuvo que en la elección no se obtuvo el resultado esperado. "Para mí hay que corregir cosas, pero no hay que dejar de seguir haciendo", afirmó.
"No digo que no fue un error. Yo digo otra cosa: que fue una elección totalmente atípica, en la peor crisis internacional donde a mí me preocupaba cómo proteger a la provincia, cómo lograr avanzar en una articulación entre el poder legislativo y el poder ejecutivo", aseveró.
Fuente: DyN vía Perfil.com
¿Te acordás de todo lo expuesto aquí en Crear Conciencia?
Ejercicio dialéctico 1: Las candidaturas testimoniales.
El éxito de las candidaturas testimoniales.
Constitucionalistas, unidos contra las testimoniales.
7 de julio de 2009
Fiscales voluntarios, los otros ganadores del acto electoral.

En las últimas elecciones se triplicó la cantidad de fiscales respecto de los comicios de 2007.Por ejemplo, el Acuerdo Cívico y Social (ACyS) logró reunir 60.000 fiscales, de los cuales 10.000 fueron voluntarios apartidarios. Unión Pro, en tanto, convocó cerca de 50.000 (15.000 independientes) en la provincia de Buenos Aires y en la Capital.
Leer la nota completa de La Nación. Aquí.
Con el saber del deber cumplido y ante tanta desconfianza en nuestra capacidad de asociarnos por el bien de nuestra patria, les quiero agradecer a todos aquellos hombres y mujeres que han demostrado que para ser grandes no hace falta ser héroes de película.
El heroicismo de un pueblo radica en su capacidad de asociarse para contrarrestar las acciones que tiendan a su disgregación. Cuando las instituciones se desmiembran por el nefasto accionar anticívico de un grupejo de estafadores de la democracia, es necesario defenderlas con lo único que no pueden combatir efectivamente: el compromiso ciudadano.
Tenía esperanza en lograr poner en acción el modelo de efecto mariposa y a eso apuntamos, junto a Ezequiel Peralta y José Luis Orrico. Cuando encaramos el proyecto del "Grupo Padrinazgo: Un día con la Urna." teníamos la plena convicción de que estábamos formando ciudadanos para abrazar la vida cívica y con un objetivo claro como bautismo de fuego: fiscalizar las elecciones legislativas.
Nuestra democracia no se encuentra extendida a la vida corriente de la gente. Tenemos un largo camino por delante para lograr esa indispensable transformación cultural en la que los valores democráticos sean ampliamente extendidos a cada acto cotidiano que nos toque vivir.
En el plano político, siendo éste un reflejo doloroso de nuestra sociedad, nos encontramos con una democracia delegativa que siempre encolumna a un líder, supuestamente carismático, en el que se depositan, erroneamente, todas las responsabilidades y su accionar es plebiscitado "apenas" cada dos años.
Para fortalecer esta democracia de baja calidad y convertirla en una verdadera institución que vele por los intereses de todos los argentinos del presente, pero siempre mirando hacia el futuro, es necesario que nosotros como ciudadanos abracemos nuestras responsabilidades cívicas con entusiasmo y honor.
Si provocamos el efecto mariposa y, como vectores de conciencia ciudadana, contagiamos al resto de nuestros compatriotas, una nueva política surgirá de entre nosotros, ya no en búsqueda de intereses personales y acomodaticios, sino por el único objetivo concreto y saludable de toda sociedad que no es otro que el bien común.
Volviendo a los clásicos antiguos, quiero dejarles la descripción que Platón hizo acerca de la verdadera vocación de un buen gobernante:
"...los buenos no quieren gobernar ni por dinero ni por honores; ni, granjeando abiertamente una recompensa por causa de su cargo, quieren tener nombre de asalariados, ni el de ladrones tomándosela ellos subrepticiamente del gobierno mismo. Los honores no los mueven tampoco, porque no son ambiciosos. Precisan, pues, de necesidad y castigo si han de prestarse a gobernar, y ésta es tal vez la razón de ser tenido como indecoroso el procurarse gobierno sin ser forzado a ello. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar: y es por temor a este castigo por lo que se me figura a mí que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que va a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo." (República: I)
La única posibilidad para el cambio es creando conciencia.
28 de mayo de 2009
La democracia delegativa.

Hace unos 15 años, al tratar de entender los gobiernos de Menem; de Collor, en Brasil, y la primera presidencia de Alan García, en Perú, argumenté que estaba surgiendo un nuevo tipo de democracia, a la que llamé delegativa para diferenciarla de la que está ampliamente estudiada: la democracia representativa. Se trata de una concepción y una práctica del poder político que es democrática porque surge de elecciones razonablemente libres y competitivas; también lo es porque mantiene, aunque a veces a regañadientes, ciertas importantes libertades, como las de expresión, asociación, reunión y acceso a medios de información no censurados por el Estado o monopolizados.
Este tipo de democracia, como la que vive hoy la Argentina, tiene sus riesgos: los líderes delegativos suelen pasar, rápidamente, de una alta popularidad a una generalizada impopularidad.
Los líderes delegativos suelen surgir de una profunda crisis, pero no toda crisis produce democracias delegativas; para ello también hacen falta líderes portadores de esa concepción y sectores de opinión pública que la compartan. La esencia de esa concepción es que quienes son elegidos creen tener el derecho ?y la obligación? de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. Creen que éstos les delegan plenamente esa autoridad durante ese lapso. Dado esto, todo tipo de control institucional es considerado una injustificada traba; por eso los líderes delegativos intentan subordinar, suprimir o cooptar esas instituciones.
Estos líderes a veces fracasan de entrada (Collor en Brasil), pero otras logran superar la crisis, o al menos sus aspectos más notorios. En la medida que superan la crisis logran amplios apoyos. Son sus momentos de gloria: no sólo pueden y deben decidir como les parece; ahora ese apoyo les demuestra, y debería demostrar a todos, que ellos son quienes realmente saben qué hacer con el país. Respaldados en sus éxitos, los líderes delegativos avanzan entonces en su propósito de suprimir, doblegar o neutralizar las instituciones que pueden controlarlos.
Aquí se bifurcan las historias de estos presidentes. Algunos de ellos, como Kirchner (y Menem en su momento), tuvieron la gran ventaja de lograr mayoría en el Congreso. Sus seguidores en este ámbito repiten escrupulosamente el discurso delegativo: ya que el presidente ha sido electo libremente, ellos tienen el deber de acompañar a libro cerrado los proyectos que les envía "el Gobierno". Olvidan que, según la Constitución, el Congreso no es menos gobierno que el Ejecutivo; producen entonces la mayor abdicación posible de una legislatura, conferir (y renovar repetidamente) facultades extraordinarias al Ejecutivo.
En cuanto al Poder Judicial (en el caso nuestro, a contrapelo de buenas decisiones iniciales en la designación de miembros de la Suprema Corte y reducción de su número), se van apretando controles sobre temas tales como el presupuesto de esa institución y, crucialmente, las designaciones y promociones de jueces. Asimismo, con relación a las instituciones estatales de accountability (rendición de cuentas), auditorías, fiscalías, defensores del pueblo y semejantes, se apunta a capturarlas con leales seguidores del presidente, al tiempo que se cercenan sus atribuciones y presupuestos. Todo esto ocurre con entera lógica: para esta concepción supermayoritaria e hiperpresidencialista del poder político, no es aceptable que existan interferencias a la libre voluntad del líder.
Por momentos, el líder delegativo parece todopoderoso. Pero choca con poderes económicos y sociales con los que, ya que ha renunciado en todos los planos a tratamientos institucionalizados, se maneja con relaciones informales. Ellas producen una aguda falta de transparencia, recurrente discrecionalidad y abundantes sospechas de corrupción.
En verdad, ese líder no puede tener verdaderos aliados. Por un lado, tiene que lidiar con los nunca confiables señores territoriales. Ellos deben proveer votos, así como un control de sus territorios que, sin importarle demasiado al líder cómo, no genere crisis nacionales. Por supuesto, los gobernadores (no pocos de ellos también delegativos, si no abiertamente autoritarios) pasan por esto facturas cuyo monto depende del cambiante poder del presidente; así se pone en recurrente y nunca finalmente resuelta cuestión la distribución de recursos entre la Nación y las provincias.
En cuanto a los colaboradores directos de estos líderes, ellos tampoco son verdaderos aliados. Deben ser obedientes seguidores que no pueden adquirir peso político propio, anatema para el poder supremo del líder. Tampoco tiene en realidad ministros, ya que ello implicaría un grado de autonomía e interrelación entre ellos que es, por la misma razón, inaceptable.
Asimismo, el líder suele necesitar el apoyo electoral de otros partidos políticos, algunos de los cuales se tientan con la posibilidad de beneficiarse de la popularidad de aquél. Pero estos partidos tampoco pueden ser verdaderos aliados; su a veces ostensible oportunismo los hace poco confiables, y el propio hecho de que sean otros partidos muestra al líder que tampoco lo son para acompañarlo plenamente en su gran tarea de salvación nacional. Además, si fueran realmente tales aliados, el líder tendría que negociar con ellos importantes decisiones de gobierno, lo cual implicaría renunciar a la esencia de su concepción delegativa.
Los líderes delegativos inicialmente exitosos generan importantes cambios, algunos de ellos, en casos como el nuestro, de signo e impactos positivos. Pero por eso mismo van apareciendo nuevas demandas y expectativas, junto con el resurgimiento de antiguos problemas. La complejidad de los temas resultantes exigiría tomar complejas decisiones; pero ellas sólo son posibles con participación de sectores sociales y políticos que sólo pueden hacerlo ejerciendo una autonomía que el líder delegativo no está dispuesto a reconocerles.
De esta manera, los líderes se van encerrando en un estrecho grupo de colaboradores, que quedan cada vez más atados al supremo valor de la "lealtad" al líder. A su vez, quienes en el Estado y desde el llano apoyan desinteresadamente al líder comienzan a dar señales de desconcierto y preocupación. Comienzan a resentir que sólo se los convoque para aclamar las decisiones del Gobierno. Es típico de estos casos que a períodos iniciales de alta popularidad suceden abruptas caídas y, con ello, una cascada de "deserciones" de quienes hasta hacía poco proclamaban incondicional lealtad al líder.
Cuando aparece la crisis de estos gobiernos, el país se encuentra con debilidades institucionales que el líder delegativo se ha ocupado de acentuar. Entonces, los señores territoriales empiezan a tomar distancia de ese líder. Por su parte, los partidos que creyeron ser aliados y descubren que sólo podían ser subordinados instrumentos, comienzan a recorrer un complicado camino de Damasco hacia otras latitudes políticas.
Desde su creciente aislamiento, el líder reprocha la "ingratitud" de quienes, luego de haberlo aplaudido, ahora resienten la reemergencia de graves problemas y las maneras abruptas e inconsultas con que intenta encararlos (si no negarlos como malicioso invento de condenables intereses expresados en los nunca tan molestos medios de comunicación). Este es un estilo de gobernar que corresponde rigurosamente a la constitutiva vocación antiinstitucional de la democracia delegativa.
De hecho, el líder tiende a adoptar un mecanismo psicológico bien estudiado, típico de estas situaciones: no logra distinguir caminos alternativos y se aferra a seguir haciendo lo mismo y de la misma manera que no hace mucho funcionó razonablemente bien. A esta altura de los acontecimientos, otros líderes delegativos se encontraron huérfanos de todo apoyo organizado. En cambio, entre nosotros, el matrimonio presidencial tiene la ventaja de contar con parte del Partido Justicialista; pero, mostrando la raigambre de sus visiones, éste es manejado con la misma discrecionalidad que su gobierno.
A medida que avanza la crisis, el líder apela al apoyo de los verdaderos "leales" y arroja al campo del mal no ya sólo a los eternos herejes de la causa nacional, sino también a los "tibios". El líder ya no vacila en proclamar que el principal contenido de toda la oposición es ser la antipatria, de las que nos quiere salvar. La imagen asustadora del retorno a la crisis de la que nació su gobierno -el caos- aparece en su discurso. En cuanto a la oposición, tiende a aglomerar, entre otros, a sectores sociales y actores políticos que aquél justificadamente criticó. De allí resultan incómodas compañías, intentos de diferenciación y apuestas en pro y en contra de la polarización que impulsa el líder delegativo.
Entonces también surge uno de los riesgos de la democracia delegativa: en respuesta a la crispación que produce a su líder la para él/ella injustificable aparición de aquellas oposiciones, le tienta amputar o acotar seriamente las libertades cuya vigencia la mantienen en la categoría de democrática. Que este riesgo no es baladí se muestra en el desemboque autoritario de Fujimori en Perú y de Putin en Rusia, y en el similar desemboque hacia el que hoy Chávez empuja a Venezuela. Felizmente, la Argentina no tiene las condiciones propicias para ese desenlace, pero no es ocioso recordar que la democracia también puede morir lentamente, no ya por abruptos golpes militares sino mediante una sucesión de medidas, poco espectaculares pero acumulativamente letales.
En la lógica delegativa, las elecciones no son el episodio normal de una democracia representativa, en las que se juegan cambios de rumbo pero no la suerte de gestas de salvación nacional. Para una democracia delegativa, hasta las elecciones parlamentarias adquieren auténtico dramatismo: de su resultado se cree que depende impedir el surgimiento de poderes que abortarían esa gesta y devolverían el país a la gran crisis precedente. Hay que jugar todo contra esta posibilidad porque, para esta concepción, todo está realmente en juego. Es importante entender que estos argumentos no son sólo recursos electorales; expresan auténticos sentimientos.
La repetición de estos episodios no es casual; obedece al despliegue de una manera de concebir y ejercer el poder que se niega a aceptar los mecanismos institucionales, los controles, los debates pluralistas y las alianzas políticas y sociales que son el corazón de una democracia representativa. En el transcurso de su crisis, cuando acentúa su discurso polarizante y amedrentador, esta manera de ejercer el poder recibe apoyos cada vez más escasos y endebles, al tiempo que acumula enojos de los poderes e instituciones, políticos y sociales, que ha ido agrediendo, despreciando y/o intentando someter. El período de crisis de las democracias delegativas es de gran aceleración de los tiempos de la política; no deja de ser paradójico, aunque entendible dentro de esta concepción, que sea el líder delegativo quien más contribuye a esa aceleración -como todo le parece en juego, casi todo pasa a ser permitido-.
Con estas reflexiones expreso una honda preocupación. Estoy persuadido de que el futuro de nuestro país depende de avanzar hacia una democracia representativa. No sé si será posible moverse de inmediato en esa dirección. Esta duda se refiere a un Poder Ejecutivo que parece poco dispuesto a reconducir su gestión. También incluye una oposición que contiene importantes franjas que han demostrado compartir estas mismas concepciones y prácticas delegativas, y no es seguro que las abandonen si triunfan en estas y futuras elecciones. Queda abierta la gran cuestión -que algunas campañas electorales por cierto no despejan- de si el aprendizaje de los defectos y costos de la democracia delegativa se encarnará efectivamente en comportamientos y acuerdos que la superen.
Típicamente, los períodos de visible crisis del poder delegativo, recomponible o no, reencauzable o no, son de gran incertidumbre. Con ellos tendremos que vivir, sin perder la esperanza de que, aunque mediante oblicuos y ya largos caminos, nuestro país se encamine hacia una democracia representativa. Ella vale por sí misma; es también condición necesaria para ir dando solución a los múltiples problemas que nos aquejan.
El autor es profesor emérito de Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame (EE.UU.)Fuente: La Nación.